11/1/09

La máquina del tiempo

Pies descalzos. Las piedras suenan. Tengo doce años, espero el sol cansado. Aún contempla la tierra de muy alto. Tiene miedo de tocar el agua porque puede que esté muy fría. Mis pies se hunden en las piedras. Algunas, las más pequeñas, cortan la piel y raspan mis dedos. Crujen las piedras. El sol entonces toca muy suavemente el horizonte, mira el mar y un sonido agudo despeina mi cabeza. El cielo es rojo ahora. El sol me está mirando. A mí. Me está hablando, pero no escucho. Las piedras me seducen. Me hunden y me arrastran hacia el mar. Mi madre no está. Debe estar buscando piedras. Sólo rebotan las lisas, las que están lejos de la orilla. El sol naranja quema mis cabellos. Mi frente hierve. Me desnudo. Mis botones se quiebran, mi camisa vuela, mis pantalones caen. Bebo el aire salado que me ofrecen. Helado. Entran primero mis pies y luego mi pecho. Mi cabeza permanece un momento más mirando el sol que grita desesperado. Grita que huya. Ya lo entiendo. Volteo. Mi madre corre mientras tira las piedras de sus manos. Y mi cabeza se hunde.

Abro los ojos. Nada tiene sentido. No hay arriba ni abajo. Ni luz. Nada está seco, ni mojado. Sólo el silencio me rodea. Y no puedo moverme.

Pasan algunas horas. Siento que mis párpados se encogen. Los dientes me duelen. Ahora aparece un brillo blanco a los lejos. El sol danza sobre las olas. Mi cuerpo pesa tanto. El mar me arrastra hasta la orilla. Carga mis brazos y mis débiles piernas. Salgo del mar como espuma. Tengo ciento diez años. Mi madre no está. Conozco el camino a casa. Llego. Ya no están mis hermanos ni hermanas, ni sus hijos, ni sus nietos. Ese niño se parece tanto a mi padre. Su madre sabe quién soy. Nunca regresé. Luego fue mi madre y luego mis hermanos, y luego sus hijos buscándolos a ellos. Yo no sé cuándo salndrán del mar. Ni cuántos años tendrán. Sólo los espero. Y luego de estos cuatro años que han pasado desde que volví, no sé si llegaré a verlos de nuevo. Pero sólo dejaré que el mar me seduzca de nuevo, que las piedras me tienten y que el sol me lo advierta.

2 comentarios:

VERDE dijo...

Me he acordado de una historia que me contaba mi antes entretenido viejo. El hombre se sumergía y una bella mujer le daba un cofre de la juventud.

Adur dijo...

La eternidad bajo el agua es infinita